
David Lynch: el artífice de los sueños inexplicables
Escrito por Martín Valdivia
Las cosas hermosas a menudo pueden ser aterradoras.
Y las cosas aterradoras pueden ser hermosas.
David Lynch
Concéntrate en la dona y no en su orificio
David Lynch
Recuerdo que escuché por primera vez sobre David Lynch una tarde de invierno del año 2014, en un espacio entre clases universitarias y mientras una amiga me contaba de otro director que la inquietaba, David Cronenberg. En ese entonces, yo no tenía idea de ninguno de esos nombres y además, dicho momento me había producido una angustia grande al percatarme de lo poco que sabía de la carrera que estaba empezando a estudiar. Así que rehuí rápidamente la recomendación de ver sus películas cuando me contó que estas estaban llenas de momentos y personajes siniestros y profundamente chocantes. Su fallecimiento, ocurrido en enero del 2025 (y para el cual yo creía que venía “preparándome mentalmente” desde que conocí su gusto inacabable por el tabaco) generó una ola de tristeza y vacío en los días y semanas posteriores. Atribuyo esta pena colectiva al pleno convencimiento de que, sin su obra y su particular personalidad, esta vida ya de por sí despiadada se había vuelto un poco más triste.
Artista multifacético, Lynch empezó a mostrar signos de lo que conformaría su personalidad como cineasta y como persona desde que vivía en su pueblo natal en Missoula, Montana. Su fascinación por la exploración constante de lo oscuro en ese entorno suburbano además de un don natural por las artes visuales transcurrieron a la par de la aparente tranquilidad de su pueblo natal. Pero fue cuando se mudó a Filadelfia en 1965 y se inscribió en la Academia de Artes de Pensilvania donde empezó a estudiar Pintura y sentar los inicios de su obra. Al cabo de un tiempo, y luego de haber abandonado los estudios y continuar dedicándose a la pintura, sintió el deseo de ver a sus obras moverse y tener sonido. A la par, experimentaba una serie de sucesos siniestros y horroríficos que sin embargo a él le resultaban hermosos en dicha ciudad.
Durante los años sesenta, Filadelfia se encontraba en una época de decadencia social y económica y Lynch aprovechó estos encuentros violentos, desesperantes y sórdidos de la vida real como la gran inspiración de su vida. Según él mismo ha contado, vio de cerca cómo asesinaban a un joven apenas a unas cuadras de donde vivía e incluso su casa fue robada más de una vez. La vida en dicha ciudad transcurría en una atmósfera turbulenta, violenta y llena de humo industrial pero se combinaba con un emocionante grupo de artistas de los cuales él era parte. Con una serie de cortometrajes entre finales de los años sesenta y hasta mitad de los setenta, entre los que destacan Six Men Getting Sick (1967) y The Grandmother (1970), Lynch había logrado darle vida a sus pinturas y se embarcaba en lo que iba a ser su primer largometraje. En 1977, estrenó Eraserhead, película que pudo sacar adelante tras 5 años, y a la cual él mismo denominó más adelante como “su película más espiritual”. La explicación de esta idea, por supuesto, la dejó como siempre a sus espectadores.
La figura del cineasta fue adquiriendo diferentes matices con los años. Aunque mostró momentos de mayor accesibilidad y atractivo para el sistema tradicional de Hollywood con The Elephant Man (1980) y The Straight Story (1999), lo que realmente se fue desarrollando con mayor variedad fueron otras aristas de lo siniestro: la provocación desde el erotismo y el amor desenfrenado en Wild at Heart (1990) o la ruptura de la lógica narrativa para fortalecer el simbolismo en Lost Highway (1997). Incluso podemos apreciar Dune (1984), tanto por la consolidación de su trabajo visual como por haber propiciado un vínculo que trascendió cualquier set de filmación para convertirse en uno de los mayores y más sinceros bromance director-actor-alter ego: su amistad con Kyle MacLachlan.
Sobre su muerte, MacLachlan ha escrito algo que me llegó al corazón:
Si bien el mundo ha perdido a un artista extraordinario, yo he perdido un querido amigo que imaginó un futuro para mí y me permitió viajar a mundos que nunca podría haber concebido por mi cuenta (…) David, permanezco cambiado para siempre y para siempre como tu Kale
Porque fue con Twin Peaks (1990) y Twin Peaks: Fire Walk with Me (1992), creadas junto a Mark Frost, donde confluyeron todas esas características particulares, personajes y escenarios inimaginables que removieron las retinas de los más escépticos. Citando solo algunas, se me vienen a la mente el Black Lodge conformado por hermosas cortinas rojas moviéndose de un lado al otro y un suelo en blanco y negro intenso; el poema Fire Walk with Me recitado en la carceleta por Leland Palmer y sus versos imprimiéndose con sangre en la memoria; y por otro lado, el encanto de la amistad de Laura y Donna representado en un picnic filmado en analógico; la sensualidad y desparpajo del baile de Audrey; o la voz urgida de The Giant sobre el escenario de un concierto oscuro y estático anunciando: “It is happening again”.
Quizás por el formato televisivo de Twin Peaks que le permitía dar rienda suelta a su ser cinematográfico, quizás por la variedad y cantidad de personajes llenos de neurosis, comedia, arrebato y sensualidad, Twin Peaks me atrapó inmediatamente y no volvió a soltarme. O si lo hizo en menor medida por el paso del tiempo, volvió a aparecer y se multiplicó con Twin Peaks: The Return (2017), un espectáculo irrepetible en la televisión mundial. La revista Cahiers du Cinema la eligió como la mejor película (sí, película) de ese año pues la entendía, al igual que Lynch, como una historia titánica e imparable de 18 horas.
Antes de ello, dirigió Inland Empire (2006) y la hipnótica Mulholland Drive (2001), una historia atrayente y despiadada acerca de la memoria y sus límites difusos entre sueño y realidad en el escenario hollywoodiense. Quizás, como la puedo ver yo, un impulso por volver a representar un mundo aparentemente perfecto en donde se esconden secretos oscuros y reveses inverosímiles. Como decíamos, en el 2017 llegó The Return, dirigida íntegramente en sus 18 horas por Lynch. Fue su último gran proyecto y volvió a traer a sus personajes del pasado mientras trataba de explicarnos sus vidas posteriores y 25 años después. Luego, con el transcurrir de los capítulos, la serie adquiría otra dimensión sobrecogedora e inquietante que unía todo lo que parecía disperso o extraviado hasta ese momento y que ponía al centro de toda la cuestión a Laura Palmer, con una disputa casi mitológica entre el bien y el mal
Al igual que Kyle MacLachlan, solo puedo sentir agradecimiento hacia la figura de Lynch. Hasta ahora, no había podido escribir lo que representaba su cine para mí. O no había sentido la necesidad tan fuerte de hacerlo como la que me ha producido su desaparición. Cada vez que terminaba algún capítulo de serie o película, recuerdo que siempre llegaba un momento de silencio o desconcierto, a veces largo y a veces corto, para luego procesar todo lo visto en mi mente. Recién ahora, sentándome intermitentemente a escribir sobre él, las ideas y lo que tenía guardado para decir han empezado a brotar como pulsaciones incontrolables. Como semillas esperando ser nombradas para a su vez convertirse en peces dorados que revolotean en mi mente y que quieren ser atrapados en conjunto y trasladados al escrito.
Desde estas líneas, quiero agradecer a David Keith Lynch por todo el cine, por el cine en formato televisivo, por tantísimos personajes enigmáticos y sensuales, por las imborrables escenas que se quedan conmigo para siempre y por motivarme a sentir, cada vez que se pueda, intensamente.